BENDITA SALUD, ¿DÓNDE ESTAS?

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      BENDITA SALUD, ¿DÓNDE ESTAS?

 

                                                                                                                                                                                                                       Por  Eduardo Mendoza Portacio

 

Las EPS están por todas partes, están regadas como la verdolaga; pero como todos sabemos, la salud como tal, es la que hay que buscar con lupa, como buscaba el amor a la locura cuando ésta se le perdió en los juegos de la fantasía. En la costa Caribe todo está perdido en materia de salud, especialmente para la gente que no tiene recursos económicos ni influencias políticas o de otra índole, es decir, que no tiene nada. Esa persona en esas condiciones no tiene derecho a enfermarse, porque si no lo mata la enfermedad, lo enloquece el sinnúmero de trámites que le toca hacer a él o a la familia.

La cosa empeora si el paciente requiere de un especialista en cualquier rama de salud, ya que tiene que asirse de cualquier cosa para conseguir que alguien lo respalde en esta diligencia y eso le cuesta durísimo a ese cristiano. Es cierto que hay Oficinas de control por todas partes para tratar de meter en cintura a las empresas que se retoben para cumplir lo que manda la ley; muchas veces no hay medicamentos, o no los cobija el POS; como quien dice: para firme. Las oficinas las hay casi que en el mismo número de las EPS: Superintendencia de Salud, Procurador, Defensor de pueblo, Personero, y siga por ese camino a ver si llega al final. Pero con toda esa leña de vara de indio, los enfermos que están afiliados comen crudo; les toca sudar la gota gorda caminando más que mulo cacharrero, buscando una orden que lo ponga al frente de uno de esos raros especímenes, que les llaman especialistas, (que según se dice, son cerebros que se están fugando en busca de mejores horizontes). Dice un amigo que los profesionales especializados más expeditos son los internistas: yo particularmente he tenido consulta con dos y la verdad es que no me han dejado satisfecho. Cuando el paciente entra a consulta, ni siquiera lo miran; un saludo seco, una mirada inexpresiva, si acaso le pregunta algunas cosas relacionadas con los males que lo aquejan, lo acuesta en una camilla, lo auscultan un poquito y sin mirarle el rostro siquiera, le formulan algo con una letra que hay que buscar un especialista en escrituras antiguas para ver si logra entender el nombre del remedio que se va a beber; conozco a un amigo que cuando su médica de control le dice que lo mandará donde un internista, sale despavorido como alma que se la lleva el diablo.

Algunos pacientes que van al profesional de la salud, salen igual o en peores condiciones, porque según ellos dicen, verle la cara a un médico de los que prestan sus servicios en estas empresas no es nada agradable, ni para el profesional que está devengando un sueldo bajito para su perfil, ni para el paciente que de antemano ya sabe lo que le va a formular y solo  espera la orden para retirarse con su música a otra parte. Sobre esta relación hay una verdad inmensa como el planeta: no existe un lazo fuerte entre estos dos seres; el paciente entra a consulta y el profesional de la salud lo recibe como el tendero que recibe a su cliente, no hay afecto humano entre el uno y el otro y hasta es posible que sea la primera vez que se vean y entonces eso de ahí no pasa.

Yo leí un libro escrito por el doctor Bernie S. Sieguel, médico especialista en temas de cáncer, claro que él ya está dedicado a las conferencias, a los talleres y reuniones científicas o cosas así por el estilo. Su pensamiento utópico es de que surja no un médico que lo cure todo, sino un ser humano, que cuando el paciente llegue a su consultorio salga de la fortaleza en que ha convertido su escritorio, salude de mano al paciente, y si es posible lo estreche fuertemente, como si lo conociera de años atrás, y en vez de paciente fuera un viejo amigo que va a saludarlo; ese solo gesto, le permite al enfermo recibir una corriente de energía sanadora y lo pondrá en la vía de lo que algunos llaman auto sanación, de lo cual se está hablando mucho. Hace falta que haya una relación más humana de donde pueda surgir una fuente de sanación que le hace tanto bien al enfermo como al médico.

La salud por estos lares paradójicamente, aunque parezca contradictorio, tiene encima todos los males que usted quiera: desde cierre de más de una empresa por malos manejos económicos, o que las empresas no quieren cumplir con lo que están obligadas por la ley, que no hay medicina, que el especialista no ha firmado el nuevo contrato, en fin, todo se le enreda al paciente. Pero como ya no hay paciente pendejo, le caen a la empresa de todos los juzgados, un enjambre de tutelas y desacatos para que apercollados por las normas lo obliguen a cumplir y puedan remitir al enfermo a Medellín, que es tierra fértil de buenos facultativos y para donde se va la mayoría de personas que necesitan tratamiento especializado para sus males, como una cirugía de trasplante de hígado o cualquier otro órgano que tenga afectado. Aquí no tenemos cirujanos de hígado, todo eso está en Medellín. La tierra donde la salud se encuentra más fácilmente que aquí en Montería. No debería ser así, pero así están planteadas las cosas de la salud en nuestra tierra y por ahora no creo que haya manera de remediarlo. Paciencia piojo que la noche es larga. Otra cosa que abunda en la capital de Antioquia es el buen trato que le proporcionan a los enfermos que llegan a esa tierra, la amabilidad de médicos, enfermeras, auxiliares y demás trabajadores de la salud es única. Cuando usted recibe el saludo, los buenos días o buenas tardes, comienza el enfermo a curarse, no hay nada mejor que la amabilidad que se respira en los centros hospitalarios de Medellín y por eso la gente regresa ponderando la forma en que son tratados.

La cosa es grave, no es cuestión de estar trajinando por la orilla, buscando soluciones que solventen el problema a una o dos personas, o uno o dos casos y ya; la solución debe ser para todos; esos malos servicios deben acabarse, cambiarlos por otros mejores; eso de que los pacientes estén muriendo en la calle sin la mínima atención, debe abolirse para que todos los que están afiliados se beneficien y sean atendidos sin acudir a la tutela ni a ningún argumento jurídico para lograr el objetivo. Claro que para que eso se dé, el estado, que es quien ordena y ejecuta todo, origine un huracán de esos que se dieron en el Sinú en sus buenos tiempos, para que arrase con todas las empresa que no cumplan con sus usuarios como lo ordena la ley. ¿Será que estoy pensando en una fantasía? ¿Un sueño irrealizable? No creo, cuando un gobierno se propone algo, lo hace porque lo hace. Para una muestra ahí está la venta de ISAGEN.

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