EL NIÑO QUE SE VOLVIÓ HORMIGA

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GUILLERMO VALENCIA SALGADO

SEVOLVIOORMIGA El viejo miró a los niños. Luego empezó con sus ojos a registrar el suelo, como buscando algo. Al fin, dijo:

-¿Ustedes conocen a todas las hormigas? ¿A todas, todas?

         ¿Conocen por ejemplo… a esa hormiga de color pardo que siempre va cargando hojitas, pedacitos de fruto, granitos de arroz, y que en los platanales hace sus nidos grandes como si fueran volcancitos? La arriera. Así se llama. ¿No la conocen? Pues bien, les voy a referir un cuento.

“Este era una vez… –Empezó a contar, y con esa parsimonia propia de los ancianos, sacó de su mochila un tabaco, lo examinó, pegó la capita levantada con los labios ensalivados, hurgó en sus bolsillos, sacó una caja de fósforos y con la satisfacción del que todo lo hace bien, prendió el pucho, chupó hondo para cebar la brasita inicial, echó humo, se saboreó y sacudiéndolo como para quitarle una imaginaria ceniza y continuó: -Tuchín, el más pequeñito de los hijos de Melxión, tenía el cabello rojizo como su padre –cosa muy rara entre los indígenas-, la piel un poco más clara que el color del dividivi, y era tan inquieto como un venadito recién nacido.

Tuchín no conocía las hormigas. No estaba acostumbrado a fijar la vista en seres tan minúsculos. Sus ojos se sentían atraídos por lo enorme, lo chillón y lo grotesco. La conoció el día en que, por estar con sus rabietas, cayó sobre un hormiguero.

Al principio sintió pisaditas leves como si caminaran por sus piernas muchos enanitos. La sensación era cosquilleante, pero después, estos enanitos vivarachos y de color pardusco lo atacaron vorazmente. Tuchín sintió mordidas sus nalguitas, sus manitas, su ombliguito y se le hinchó el pipí, como así decía el abuelo que se llamaba eso.

Por todo el cuerpo se le subieron. Gritó, pataleó, se orinó y desde ese entonces supo que también a los seres pequeños había que tenerlos en cuenta.

Cuando supo leer las huellas que dejaban los animales en el bosque, deletrear el mensaje de las estrellas en el fondo del estanque, intuir lo que las hojas y el viento contaban por doquier, se enteró que las hormigas son como gigantes. Que dan saltos enormes. Cargan objetos pesadísimos, nunca se cansan y son laboriosas.

Tuchín pensó que, tal vez, algo las impulsaba, algo las estimulaba y les daba esa fuerza descomunal. Algún alimento. Eso debía ser.

A partir de entonces, empezó a espiar a las hormigas. Las vigilaba a cada instante, siempre tratando de ver qué cosa comían.

Una tarde se alborotaron. Presintieron la llegada del invierno, y alineadas como soldados fueron en busca de las tierras altas. Tuchín no las perdía de vista. De pronto observó que una hormiguita se apartó del grupo. Caminaba vacilante y sin fuerzas. Iba sin rumbo fijo. Parecía enferma, atolondrada.

Otra hormiga más grande la cargó sobre sus hombros y por caminos ocultos debajo de la hierba, pasando túneles sombríos llegaron al pie de un árbol cuya copa se hundía en el cielo. Subieron por su tallo monstruosamente grueso, siguieron por una de sus ramas, llegaron a una hoja de limbo refulgente y desde ahí comieron de un fruto de pulpa sangrante que, por tener todos los colores, parecía el fruto del arco iris.

Momentos más tarde, la débil hormiguita recobró sus fuerzas y su agilidad.

Tuchín, lleno de curiosidad, también comió de ese fruto. Sintió al principio un leve desmayo. Luego se vio el pecho traslúcido y en él empezaron a reflejarse los mismos colores del arco iris.

Se sintió sumergido en una música que brotaba de las hojas del árbol, y súbitamente, todas las fuerzas del mundo se acumularon en sus músculos. Sus tendones eran cuerdas de acero que vibraban al menor estímulo. Después sintió un gozo infinito, revitalizador, que lo modeló de nuevo. Se creyó inmenso, sin límites. Con ojos que todo lo veían, con manos que todo lo palpaban, con boca que todo lo comían, con pies que todo lo andaba y con una mente que todo lo intuía.

Entonces vio el mundo más exorbitante, más cristalino el aire, que hasta de día veía las estrellas orbitar en el espacio infinito.

La risa de sus hermanos lo despertó de pronto. Estaba haciendo la siesta debajo de las escobillas y los bleos que deslucían el patio. Las hormigas lo habían tomado de puente y una, en la punta de su nariz, dudaba lanzarse al abismo.

Todo lo he soñado, se dijo. Y levantándose se dirigió al lugar donde jugaban sus hermanos.

Momí, el mayor, trataba de cargar un tronco. Lo esquineó en el suelo y le metió el hombro. Pero no pudo alzarlo. Resoplando lo dejó caer. Entonces Tuchín pidió turno para entrar en el juego.

-¡Tú estás loco! –Grito Araché-. Si no lo pudo alzar Momí, menos lo podrás hacer tú.

-Los niños, juegan con los niños y los mayores, como nosotros, jugamos a cargar el tronco –regañó, sofocado, Momí.

El juego consistía en cargar un tronco pesado, equilibrarlo en el hombro y llevarlo lo más lejos posible, soportando su peso.

Tuchín, porfiadamente y sin que nadie lo pudiera evitar, cargó el tronco. Lo equilibró en su hombro y corrió por el patio.

Melxión, desde la hamaca, gritó: “¡Hijo, cuidado te haces daño! ¡Déjalo caer!”. Pero el niño, en vez de botarlo, lo alzó con una sola mano y sin el mayor esfuerzo lo lanzó. El tronco fue a caer a una distancia de diez metros.

-¿Cómo lo lograste? –Preguntó Araché.

Tuchín no supo qué contestar.

-¿Cómo lo haces? –Insistió Melxión.

-Teniendo fe en que puedo hacer las cosas.

-Bueno, si tienes fe, ¿por qué no vuelas? –Gritó Momí, que ya no cabía en su despecho.

El niño dio un gran salto y se fue volando para asombro de todos. Revoloteó por encima de los árboles más altos, y allá arriba, como un halcón planeó suavemente. Luego, dándose cuajos, descendió hasta llegar al suelo. Y en el suelo rebotó como una pelota.

Por fin se detuvo y sonriente se metió en la hamaca de su padre.

-¡No debes jugar con tus hermanos! –Ordenó Melxión, aprisionado ya por la superstición y la brujería. ¡Tú no eres normal!

Desde esa orden el niño Tuchín se sintió triste. Sus hermanos y los demás niños del pueblo le huían, porque, según ya se decía él era un brujo, o estaba embrujado. ¡Era el coco que asustaba!

Al pobre Tuchín lo abandonaron. Le hicieron el vacío. Nadie quería jugar con él. Por eso, harto deprimido, se fue apartando de todos. Vivía huidizo y jugaba con su sombra.

Un día, y sin que él lo notara, cambió de carácter. Una extraña sensación lo impulsaba a hacer huecos al pie de los árboles, a cargar hojitas, pedacitos de frutos, granitos de arroz. Se sintió empequeñecer y una tarde que estaba bañándose en el pozo del higuerón, vio que su piel se había vuelto dura, reseca y tomaba el color pardo de la tierra.

Cuando estas señales se hicieron más visibles, su madre, Manexca, llena de horror, exclamó: “¡Por Tofeme! ¡Mi hijo se está volviendo un insecto!”.

Ya para entonces, Tuchín, sabía el lenguaje de las hormigas y acostumbraba a hacer sus siestas al pie de los hormigueros.

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