LA PUERTA GENERAL

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JOSÉ LUIS GARCÉS GONZÁLEZ

 PORTADA FUGA2Como se sabe y se ha dicho, caminó el tiempo, fluyeron las aguas, apareció el animal, surgió el hombre. Sonrió la eternidad. Y con el hombre nació la puerta, el torreón, el foso, las almenas, la garita. La puerta general, la de aquí, es grande. Más alta que ancha. Como debe ser. ¿Tendrá cinco metros de altura? Por ahí, aproximadamente. Tal vez exagerada. Está hecha de roble blanco y cedro rojo. ¿De ancho? No sé. Póngale tres metros. Desde lejos se ve gigantesca. En la parte superior está bloqueada con varetas tiradas en cruz. Los que conocen o dicen conocer las razones, aseguran que para evitar la entrada de la peste que en una ocasión propagaron los murciélagos. Como si brotaran de las pantorrillas, le salen a la puerta, de los costados, cuatro hilos de alambre de púas. Parece un pentagrama, escribiría muchos años después un poeta hacedor de haikús. Y creyó que había logrado su máximo hallazgo.

La puerta es de golpe. Cuando alguien la abre, desde trescientos metros se oye su chirrido; cuando alguien entra y la deja caer, el golpe de la madera contra la madera se escucha seco desde dos kilómetros de distancia. Por ella entra de todo: personas, vacas, burros, animales domésticos y caballos de todos los pelambres. Estos últimos, después de la muerte de don Franco Arrieta, entraban a altas horas de la noche. ¿Quién les abría la puerta? Nadie sabe con exactitud. Pero entraban. Y lo hacían en desbandada.

Sin embargo, no ha faltado quien diga (y en esto Leonor Cruz es insistente) que un caballo negro de crin espesa y cola larga mete el hocico por una de las aberturas de las varetas bajas y jala la puerta. Así, deja que entre la manada, piafando y atropellándose, rumbo al centro del pueblo. Cuando pasa el último animal toda la madera tiembla y el golpe arranca chispas de los postes que la sostienen.

A lo lejos, Mola Morales, espantada y medio incrédula, arropada con una sábana curtida y tratando de echar siquiera un ojo por una rendija de su ventanita de barrotes, escucha el galope multitudinario y husmea en el ambiente el olor a polvo que levantan los cascos al golpear la tierra. Entonces siente que el miedo se le mete en las tripas, le desciende hacia el bajo vientre y le da ganas de orinar. Muchas ganas. Ganas de verdad. En medio de la oscuridad, la mujer busca debajo de la almohada las viejas tijeras. Las abre, las escupe en cruz y las cuelga en uno de los enormes clavos alemanes que sobresalen en el marco de la puerta.

Luego, tantea la totuma que está debajo de la cama. Se levanta la falda, se añingota y a los pocos segundos deja caer un chorro lánguido que en momentos se paraliza y después reinicia su caída sin mayor entusiasmo. No se seca con nada. Se levanta, se baja la falda, y envidia el grueso y tendido chorro de orín que tenía en su juventud, carajo. Claro que lo era: era un chorro como de caballo. Como esos que rompen con sus cascos la quietud de la noche oscura.

 (Tomado de la novela Fuga de caballos)

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