PORROS DEBAJO DE LA BONGA

Hoy se cierra el 40° Festival Nacional del Porro en San Pelayo, Córdoba. Retrato de una cultura musical ancestral.

Por: José Luis Garcés González *

El porro, como tradición, viene de mucho tiempo atrás. Desde “el mito que habla de los comienzos”. / Archivo El Espectador

 

Ahora hay un Festival del Porro en San Pelayo (Córdoba), un pueblo bucólico, al parecer, colmado de paciencia e inserto en la sabana del Sinú medio. Festival organizado y publicitado. Ya lleva cuarenta versiones. Hay una tarima formidable para que los músicos interpreten sus creaciones y lleva el nombre de una legendaria bailadora: María Varilla. Hay premios en metálico para los que el jurado, en sus diversas variantes, designe como mejores. Tanto éditos como inéditos. En el Festival de 2016 participan 25 bandas de todo el país y se presentan 75 grupos de danzas. El porro se ha dispersado por toda Colombia, y ha llegado en vivo a la vieja Europa y en disco, libro, documentales y en agrupaciones presenciales a muchas plazas y parques del mundo. Los franceses tocan porros; los ingleses, también.

Pero el porro, como tradición, viene de mucho tiempo atrás. Desde el mito que habla de los comienzos. Desde cuando el principio no era el principio sino la sospecha. En la posteridad de esos años había gente que bailaba porros debajo de una bonga que había en la avenida primera de la Montería de los primeros lustros del siglo veinte. Bailaban porros debajo de la bonga. Debajo de su sombrero. Metidos en una sombra redonda. Cuando eso, el sol se enfurecía en los extremos de la bonga. Entonces la bonga les enredaba la luz. La luz que venía del cielo. Mujeres con polleras anchas y caderas enardecidas, bailaban erectas. Sereno el rostro, enloquecidas las nalgas, caminantes los pies. Los músicos tocaban las gaitas, manoteaban la tambora, sonaban los guaches, escandalosamente agredían las quietudes del día.

Y los hombres. Un sudor hecho hombre. Un grito que sudaba. Kaki era el color de casi todos los pantalones. Y los rejos de las abarcas eran sogas o bejucos campanito. Abrían los brazos y aligeraban el ritmo de los pies. Uno tras otro. Persiguiéndose paralelos. Se inclinaban los hombres. Agachaban el tronco como si fueran a la siembra. O movían en péndulo los brazos como si estuvieran macheteando monte. Estaban bailando porros. Porros en la sombra de la bonga.

Los pitos cabezas de cera se metían de lleno en la tarde. Todo se derretía. Los cuerpos se bañaban en sus propias aguas. Los colores animaban el aire, enaltecían la dulce persecución de las hembras. Mujeres de moño o de pelo suelto. De pelo crespo como una corona de zarzas o líquido como cola de caballo negro. Cómo escandalizaban el caderaje. Eran perseguidas. Pero también perseguían. De pronto, moviendo horizontal el pubis se acercaban al parejo. Lo buscaban para dejarle el visaje de su montaña. Pero ningún toque profanaba esos cuerpos. El andamiaje del pubis quedaba próximo. Se unían sin tocarse. Al misterio de ambos los separaba una línea de luz. Bailaban porros encima de la sombra de la bonga.

La noche no les aletargaba la furia. La noche les revolvía los ancestros. Estaban bailando porros. No importa que no hubiera sol: bailaban. Bailaban cuerpo contra cuerpo. Sombra contra sombra. Se habían marchado los pájaros. Los árboles se disolvían en la oscuridad. No había luna: ninguna luz saboteaba el cielo. El sol ya era recuerdo. Ahora el sol eran las velas. Las estrellas picoteaban en el pabilo de las velas.

Un nuevo sol que se podía dirigir con las manos. Y los mechones. Que bebían sombras y vomitaban luz. Los mechones. Colocados en la esquina de suelo magullado. Contoneando las tiras de trapo incrustadas en un frasco bocón. Hombres y mujeres metidos en un baile amenizado por el gas y la candela. Todo era noche pero también todo era día. Bailaban porros metidos en la noche. Pero dentro de los bailadores era de día. El día, como casi siempre, se llevaba por dentro.

Todos mojaban la música con ron ñeque. Un ron amarillo que sacaban del monte. Ron a escondidas. Bebido con gracia, tomado con la excitación de ser un licor clandestino. Lo bebían sin pendencia, matizado de guapirreos, o alterado por algunos gritos que recordaban la vieja arriería o la descuajada de montaña. Lo bebían para aligerar los pies. Para aceitar la cintura. Para empujar la tenacidad de las raíces. Ese ron los volvía livianos, incansables y les mantenía el entusiasmo hasta el amanecer. Porque ellos no dejaban trunca la noche. Eran hombres de noche completa. Se la bebían hasta las primeras luces del día. Los que no alcanzaban, quedaban recostados a las paredes del kiosco, o tirados encima de los taburetes o doblados debajo de las mesas. O, si la fuerza no les bastaba, caían como troncos insepultos sobre la tierra macerada con sudor y moco de vela.

Mola Morales y Perfecto Bolaños, personajes del Sinú legendario, conocieron de estos avatares. Se bailaron más de media vida. Bailadores de porros, llevaban en el alma los nombres de El Pájaro, El Binde y María Varilla. Don Franco Arrieta, con su vestir azul, los frecuentó cuando era joven e indómito. En esos tiempos ya existía la bonga. Y también la sombra. Pero la instrumentación ha cambiado. Ahora los metales y los vientos, en estos años del siglo XXI, hacen el Festival y lo derraman, como agua buena, por toda la tierra colombiana. Hay que beber de esa agua.

* Escritor, coordinador de EL Túnel, de Montería, Colombia; catedrático de la Universidad de Córdoba. Su libro más reciente es “Luis Striffler en el Sinú y otras narrativas históricas”. jlgarces2@yahoo.es

 

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