FANDANGO

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EDUARDO MENDOZA PORTACIO

 (Premio de cuento, Festival del Porro 2010)

La sonoridad del bombo cruzó todos los recovecos del pueblo y fue a estrellarse con toda su fuerza en el patio de la casa de Candelaria. Tan nítido y armonioso fue ese sonido, que ella dijo: —¡carajo!, y yo que creía que me estaba quedando sorda, pero ese golpe es de “bombo Mocho” donde quiera que se meta, si no es así, me quito el nombre—.Tanto énfasis puso en la expresión, que por poco expulsa la calilla que se estaba fumando.

 Las noches en el pueblo no tenían nada de raro, eran noches que se parecían la una con la otra: las luciérnagas con las luces de siempre, la brisa corriendo en cualquier dirección, el rebuzno de un burro, el relincho de un caballo, todo, todo estaba igual a todas las noches, sólo que el retumbar de ese bombo se escuchó de nuevo, esta vez con más claridad y fue para hacerle el llamado a los músicos que estaban esparcidos por ahí y comenzar el fandango para el cual habían sido contratados. Candelaria lo oyó ahora con mejor atención y se acordó que al comisario se le había dado la ventolera de hacerle algo de bulla a su nombramiento como primera autoridad de la población.a sonoridad del bombo cruzó todos los recovecos del pueblo y fue a estrellarse con toda su fuerza en el patio de la casa de Candelaria. Tan nítido y armonioso fue ese sonido, que ella dijo: —¡carajo!, y yo que creía que me estaba quedando sorda, pero ese golpe es de “bombo Mocho” donde quiera que se meta, si no es así, me quito el nombre—.Tanto énfasis puso en la expresión, que por poco expulsa la calilla que se estaba fumando.

Eduardo Mendoza Portacio

Eduardo Mendoza Portacio

El eco de ese instrumento de percusión que le llegó al alma a Candelaria, la hizo morder la calilla con una mezcla de tristeza y añoranza, porque ese lenguaje musical no le era desconocido, ese són, esos porrazos sobre los cueros bien tensados le llegaban a lo más profundo de su ser. Y a Candelarita ya no le quedó otro camino que rememorar sus largas noches metida entre porros, velas, gentes sudorosas y el ron que se consumía a pico de botella sin asco ni miramientos. —Qué tiempos aquellos— dijo la Furnieles en voz bajita para que no la oyeran los nietos de su hermana menor que jugaban en el patio con la claridad de la luna; si me oyen, son capaces de decir que no solamente me estoy quedando sorda, sino, que hasta loca me estoy volviendo, ahora, si me oyen hablar sola que digan lo que les dé la gana, ¡qué carajo! Que fácil le resultaba a Candelarita —como le decían sus familiares—,  recordar sus épocas de mujer que no se perdía de un fandango en cualquier población que fuera. Sus amigas cariñosamente le decían: la zaramulla, la petulante o la piquetera, porque cuando llegaba a los ruedos luminosos, siempre lo hacía con sus mejores galas dentro de los límites de su pobreza: sus polleras holgadas con cintas amarradas en la cadera, su blusa de un escote donde apenas se insinuaba el nacimiento de sus pechos como la mayoría de las mujeres de su tiempo; y pisando con elegancia con su par de babuchas cómodas y dispuestas para el baile del fandango; el atuendo lo remataba una vistosa flor adormecida en el pabellón de la oreja, sin descontar su larga cabellera que ella enlazaba con una peineta que se perdía en la negrura de su pelo. ¡Qué tiempos aquellos! Repitió Candelaria, y añadió: pero como dice la gente: “tiempo que se va, no vuelve, y si vuelve no es el mismo“.

Lavar y planchar ropa ajena fue su vida, y así como los campesinos del Sinú se sacaban el golpe cantando, ella, se sacaba el clavo bailando, y bailando bien todos los ritmos de su tierra. Para esta mujer de estirpe campesina, el porro o el fandango, eran como dos brasas que se le metían en la sangre, que le recorrían todo el cuerpo, y la inducían a contraerse, a sentir unos espasmos delirantes que la llevaban a perder la noción del tiempo, y muchas veces, creyó percibir una que otra inundación placentera entre las piernas. Para qué hombre en la cama, si con la música y el baile me bastaban, pensó Candelarita y soltó una risita que provocó que la calilla se le escapara de la boca y cayera en el charco de saliva que tenía a sus pies.

La solemnidad de la danza en torno a unos músicos que encaramados sobre un rústico parapeto de madera, soplaban y soplaban sus instrumentos de viento, le dieron a la existencia de Candelarita gran popularidad; el fandango fue para ella, una salida, un drenaje por donde fluían muchas cosas de su vida que nadie conocía; hasta de currimbera la trataron en esos tiempos sus malquerientes, y todo, por esa adicción insuperable de disfrutar de un baile que se escenifica dentro del fogaje que producen muchos paquetes de velas que van apercollados por vistosos pañuelos. Candelaria daba la vida por verse dentro de esa fusión de sudor, de música que es extraída de nuestro entorno montuno y que es interpretada a cielo abierto en los fandangos, y era dichosa con unos brazos musculosos enredados en sus caderas; su entusiasmo se desbocaba cuando veía los brazos de sus compañeras que se levantaban y que insensibles soportaban la capa de vela derretida  que se pegaba  como blancas sanguijuelas en la piel morena de las bailadoras.

El tercer golpe de la porra sobre el cuero tensado, sonó esta vez con más urgencia, casi como un atosigamiento rabioso, Candelarita lo escuchó y apretó con fuerza la calilla que había logrado recuperar; a pesar de que su mente estaba centrada en sus recuerdos, pudo tasar muy bien ese porrazo, lo consintió un rato largo en sus oídos, y, sonriendo con malicia, dijo todo lo bajito que le fue posible:

—Ese bombo Mocho es la estaca, parece que estuviera enamorando con ese aparato.

Candelarita no supo qué tiempo pudo trascurrir entre la primera y la última resonancia de ese instrumento, pero no le cupo la menor duda, que eso le había despertado la memoria que ya se negaba a funcionar como era debido. Cuando el eco del bombo se perdió en las goteras del pueblo, enseguida, orillándole el entendimiento, le llegó el nombre y la figura de la mejor amiga que había tenido en sus años de bailadora. No le resultó difícil recordar a Gumercinda Lagares, la misma que la gente para ahorrar tiempo le decía la Gume; a esta mujer, fue a la única persona que Candelaria le confió detalles íntimos de su vida, le contó por ejemplo: que Manuel del Cristo había sido el primero de ella, y el único, porque en el poco tiempo que vivimos —dijo—, ese “puñetero” logró sacarme del cuerpo todos los gustos, los que estaban cerquita, y los que estaban más profundos, creo que quedé desabrida, por eso me vi obligada a no aceptar a otro hombre en mi cama, ni a buscar otro marido que luego me fuera a echar en cara esa falta. Lo único que Candelaria no le quiso entregar a ese tipo, fue el gusto por bailar fandango, con ese sabor se quedó hasta que los años la aquietaron y se fue a vivir al pueblo de El Sabanal.

La 19 de Marzo comenzó su tarea musical, la plaza se había  convertido en un hervidero inmenso por obra y gracia del fandango, las notas siempre alegres del pentagrama regional se dejaron escuchar en el ambiente, y le dieron carácter tradicional al nombramiento de un comisario. El primer musical que Candelarita escuchó esa noche de fiesta fue El pilón, y como si no hubiesen pasado años sino minutos, de pronto se vio en la plaza de Sabana Nueva, el pueblo que ella visitaba por primera vez en esos años de juventud, y revivió que bailando ese mismo porro que ahora estaba escuchando, fue que en esa lejana madrugada de diciembre, se salió de la rueda del fandango de lazo con ese tipo que apenas había conocido, y recuerda sobre todo, que salió lela, sin voluntad, ella que en sus años mozos fue arisca, retrechera, y que por esa capa de repelente que permanentemente usó, fue que pudo orgullosamente pasear su virginidad por todas las plazas del Sinú, creyendo la gente que era una más del montón. El porro que sirvió para empezar la noche de fiesta estaba en lo mejor de la sabrosura, estaba en la bozá, y las remembranzas de Candelarita se le atropellaban en la cabeza cuyos cabellos estaban ya encanecidos. Esa noche, balanceándose en una vieja mecedora sobre un piso disparejo, Candelaria pensó que Manuel del Cristo el único sortilegio que utilizó con ella para conquistarla, fue el de la simpatía, simpatía que salía a montones de su cuerpo delgado pero rudo; yo creo —reflexionó Candelaria— que me enamoró la forma cómo se paró frente a mí para invitarme a que fuera su pareja; me atrajo el movimiento de su cintura; y no tiene nada de raro, que me haya gustado la manera de usar el “rabo e gallo“ y las piruetas que hacía en el aire con él; su aspecto de hombre de mundo, su forma de dar la vuelta, de cómo soltaba los pies para bailar; ella estaba segura que lo que definitivamente la había puesto en su poder, fue la fuerza que usó esa noche para amarrar los paquetes de velas con su pañuelo, en ese amarre, ella también quedó atada al recién conocido Manuel del Cristo. Él no hizo más nada, sólo bailar y bailar, Candelarita jamás había visto a un hombre moverse con tanto estilo. Ese vaivén alborotado de su parejo, fue lo que la indujo a dejar su señoritismo en esa vieja hamaca prestada y en un rancho que por poco se va al suelo con las ansias que se llevaban.

La historia de Candelaria Furnieles estaba llena de episodios desagradables, y se puede decir que los agradables no fueron tantos, pero sus vivencias después de largos años de estar amodorradas, se soltaron y emergieron empujadas por la bozá de unos porros interpretados por una conocida banda de música de viento de la tierra: esa noche la Candelaria, se rebosó de sinuanidad al son del Porro viejo pelayero y percibió en la cima de su soledad, que sus pechos se enderezaban, que se vigorizaban; sus senos que nunca tuvieron la suerte de amamantar a un hijo que vigilara con esmero su vejez, esa noche, la música se los endureció; igualmente pudo sentir que sus fláccidas carnes temblaban, que su anciano cuerpo se movía en esa tosca mecedora; Candelarita en ese momento se sintió vital, tanto, que se vio impulsada a llevar su mano derecha con mucha calma, sin angustiarse, como con miedo, para tocar su vagina y poder verificar lo que había notado, porque después de tantos años, en ese momento se la sintió  húmeda, como en aquellas calendas cuando ponía el alma y la vida en la danza, y los orgasmos le fluían desesperados. Una sonrisa le floreció en su rostro, y con una gracia que ya se le había olvidado, se dijo a sí misma: estás viva, Candelaria, estás viva.

Pudo ser un cabeceo, un entresueño, una simple ilusión o todo eso junto, pero lo cierto fue que su imaginación rompió todas las compuertas de su pasado, sus recuerdos se levantaron y danzaron con la cadencia apasionada de los instrumentos de cobre de la 19 de Marzo. Para Candelaria, esa fue una noche como hacía años no tenía, pero más que la noche, fue la madrugada la que le produjo mayor complacencia, estaba sola en la casa, los pequeños dormían y los mayores gozaban de la fiesta en la plaza, de manera que ella era la dueña absoluta de toda la música que llegaba a su patio; fijó sus ojos llenos de cataratas en el punto por donde más claro le llegaba la armonía de la banda, y de donde salía todo el ramalazo efusivo que ella no esperaba gozar después de tantos años de ancianidad; se paró de su mecedora, y con la cadencia que le era propia, comenzó a bailar, a levantar su brazo simulando llevar unos paquetes de velas en su mano, sin importarle para nada el sereno de la alborada; su demostración de buen bailar, con toda la elegancia que ella había aprendido en tantos fandangos, nadie la veía, apenas la luna que ya buscaba refugio, uno que otro lucero plagiado por unas luciérnagas que no querían aceptar la presencia del día y nada más, esos fueron los únicos espectadores de esa gran exhibición que Candelaria daba para sí misma.

Lo que a Candelaria le hacía falta para ser totalmente feliz esa madrugada, ya lo tenía al frente, no le veía muy bien el rostro pero sabía que era él, su Manuel del Cristo, el hombre que una noche de fandango la hizo suya sin preguntarle siquiera como se llamaba; el hombre que ella  nunca fue capaz de sustituir por otro; él le surgió de las sombras que empezaban a escasear, ella lo vio, como aquella vez en la plaza de Sabana Nueva, y lo vio con ese mismo movimiento alborotado de cintura, con su “rabo e gallo“ en las manos y agitándolo en el aire, su sombrero a medio lado y emanando de él, ese sudor de hombre de monte; sus caderas volvieron a percibir el contacto de sus manos fuertes atenazándole el talle y bailaron como nunca el porro Sábado de Gloria con el que la banda terminaba su compromiso de esa noche, dejando a todos los asistentes a la plaza llenos de alegría y satisfacción.

Mientras tanto, acá en el patio de la casa de Candelaria, también se  había completado un cuadro que nadie pudo ver, fue un melodioso y sentido encuentro bailable entre ella y su Manuel del Cristo y que no iba a olvidar jamás. Entre oscuro y claro los familiares de Candelaria llegaron a la casa, se sentían cansados, casi postrados del ajetreo realizado, pero alegres porque pasaron una noche de fandango con auténtico sabor sinuano; al entrar, encontraron a Candelaria en su mecedora plácidamente dormida, acurrucada y con una vieja manta cubriéndole los pies; la expresión de júbilo que vieron en su rostro los impresionó, en sus labios se destacaba una sonrisa de placer, su aspecto era tan afectuoso, que decidieron no interrumpir el sueño que posiblemente estaría gozando Candelaria Furnieles en ese momento, y quizá fue mejor así, que la dejaran seguir soñando.

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